Publicidad:
Terra
La Coctelera

Marlboro

Me gusta mucho fumar, será porque el humo y el aroma del cigarrillo mezclado con la loción me traen a la memoria esos momentos después del placer y de la gloria de tu cuerpo cómodo y coqueto, escondido infantilmente en mi camisa azul. Desnuda bajo esa prenda y con el cabello revuelto sobre tu frente eras la reencarnación de aquella Lolita insaciable que volvía loco a Nabokov. Lo mejor era compartir juntos la delicia del tabaco para después penetrar de nuevo tu sexo húmedo y caníbal, recargando el mentón entre tus senos cubiertos por el algodón impregnado de ceniza y tu sudor.
En cada aspiración profunda recreo cada uno de los sabores que mi lengua descubría entre tus labios oscuros, buscando ese clítoris fugitivo y breve, mientras ronroneabas moviendo las caderas y tus pezones eran balas apuntando al cielo raso de la habitación.
Así como el humo exhalado dibuja siempre figuras diferentes, tú hacías de cada uno de nuestros encuentros una experiencia única, momentos irrepetibles. A veces era un disfraz de novicia rebelde o lencería comestible, cuerdas y nudos marineros, mascadas de seda y música hindú. En otras ocasiones tu ansiedad exigía rudeza, caricias fuertes, mordiscos y dolor. Me hiciste conocer tus zonas más secretas, tus deseos más ocultos y una pasión tan pura que no aceptaba mancha de amor. «El amor estorba», decías con una mirada intensa desde tus ojos de gata mojada que lograban convencerme. Luego el silencio y la pausa obligada para terminar un cigarrillo entre los dos.
Ahora, cuando sólo tengo de ti esta nostalgia, originada en el olor de mis dedos mientras fumo, cuando después de tanto goce retrospectivo reconozco la herida de un cariño no confesado, siento que ensucio el recuerdo de tu entrega sin límites, que caigo en la trampa y me consumo enfermo de cáncer en el corazón.

Misunderstood

Trying to be misunderstood, but it doesn’t do me any good. Love the way they smile at me and the face for eternity. Now let them all fly off.
When it comes down it all comes down, and you will not be found. When it’s over it’s all over, even if I make a sound.
I’ll be misunderstood by the beautiful and good in this city. None of it was planned. Take me by the hand, just don’t try and understand.
Trying to be misunderstood, just a product of my childhood. Still I find myself outside. You can’t say I haven’t tried, perhaps I tried too hard.
No excuses I won’t apologize or justify your lies. Come and find me, tell them to me, look me in the eyes.
I’ll be misunderstood by the beautiful and good in this city. None of it was planned. Take me by the hand, just don’t try and understand.
I can’t forgive sorry to say, you don’t know you’re guilty anyway. Isn’t it funny how we don’t speak the language of love?

«Thanks, Rob», agradecía desde los audífonos. Canciones como ésta eran ecos internos, reflejos del alma. Terapia en sesiones de cuatro minutos. Banda sonora, álbum sentimental, sound-track alguna vez compartido e interminable.
«Pero esta canción es mía, nadie la entiende ni la confunde como yo, ni siquiera ella, que es culpable sin saberlo», pensaba él. «Si ella es culpable, lo soy más yo por creerla inocente, por no ser capaz de reclamarle nada. Lo intenté, traté de entender bien todo esto, pero no dejé de sentirlo mal. Por eso misunderstood, porque pienso una cosa y siento otra, porque quiero que ella cambie pero siga siendo la misma, porque aún cuando no es ángel ni hada no dejo de imaginarle alas, carajo. Lo que he llamado amor ha sido una ceguera voluntaria, por eso duele tanto abrir los ojos de esta manera y… En fin, tenía que pasar tarde o temprano.»
Presionaba los controles del reproductor portátil, rewind para empezar de nuevo, para repetirse a sí mismo que nada de esto fue planeado, que la ciudad ya nunca será ese lugar de encuentros y desengaños, que el perdón es imposible cuando se percibe como una forma pobre del olvido. Rewind para seguir adelante sin renunciar ni aferrarse a los recuerdos, para continuar sin mentiras ni explicaciones ni palabras, «palabras, sólo han servido para separarnos, once again Robbie, misunderstood forever.»

Antes que parezca demasiado cursi…

Quisiera escribir de nuevo, como hacía antes, con esa emoción que sentía al entregarle, cada mañana, una nueva hoja blanca. Intentaba sorprenderla. Imaginaba su sonrisa y podía disfrutarla como si fuera mía. Buscaba su eco, sus respuestas. No ha pasado mucho tiempo, y sin embargo, ya casi no puedo escribir, está tan lejos ahora. Esa distancia que antes pretendía salvar con poemas ha crecido desesperadamente. Cada vez duele más aceptar la verdad, soportar lo que siempre supuse. Tal vez me quiere, pero de una manera que no puede corresponderme. Siente algo, quizás, pero no es lo mismo que yo siento por ella. Y esto es así porque en el amor nunca es lo mismo, nunca nos quieren igual: el amor no es un espejo. Y eso es normal y natural, el amor no es decisión. El amor solamente se presenta, espontáneo y preciso.
Su corazón también busca ecos, pero no conmigo. Es a veces tan obvio con quien y adonde acude por respuestas. Su mirada, su voz, sus manos lo explican mejor. Aunque constantemente lo niegue, no puede ocultarlo del todo. En ocasiones, él sale de su piel, como un espectro, apenas una sombra transparente. Es como un fantasma que la habita y trae siempre consigo. Entonces duele verla, porque él tiene varios rostros, porque él no es un solo nombre. No puedo explicarlo mejor, pero intentarlo me sirve como desahogo, como exorcismo. También a mí me habitan fantasmas, y algunos se parecen a ella. Antes de que parezca demasiado cursi quería decirle algo así, antes de que las fechas en cuestión hagan parecer este sentimiento como algo convencional, como un plazo o un trámite burocrático de oficina. Antes de que parezca demasiado cursi, sólo quería decir «te amo», aunque su eco sea un sonido imposible, aunque no sea real el silencio de su respuesta.

Holy Faith

Así es, amor. Estos recuerdos «son bonitos», repitiendo tus palabras. Bonitos como la crueldad en las espadas, como el péndulo del ahorcado, como la hoguera húmeda donde me consumo eternamente. Esta ciudad mágica parece trágica sin tu mirada, como en los cuentos de hadas. La fantasía romántica a la que estás tan acostumbrada no hace príncipes de locos o cobardes.
«Son bonitos y puros», si utilizo mis palabras. Puros como el sexo de los adúlteros que se aman fugazmente. Puros como el sonido de sus sortijas diferentes en manos entrelazadas hasta el placer y el cansancio. Puros como caricias humilladas en la madrugada. Amor sin ecos ni dolor ni consecuencias. Inútil memoria enamorada que se enciende y desvanece mientras fumo. Yo sé que tú no lo querías de esta manera. Pretendías darme algo especial, momentos similares a mis sueños. No pudiste prever que para mí no sería suficiente, que para ti sería tan difícil la renuncia, tan débil la respuesta. La magia sigue en ti, pero no tengo derecho a recordarla. Nunca lo tuve, ni cuando me sentía cerca, ni cuando tenía fe y soñaba irresponsablemente.
Así es, amor. Mi corazón ahora es más bonito, como una flor que se marchita y parte. Mis recuerdos son más puros que antes, cuando creía en tus mentiras. Con estos recuerdos, bonitos y puros, te hablo e imagino cada hora, después de aceptar que nunca pudiste, ni podrás amarme.

Numerología

Era imposible no pensar en las coincidencias o buscarlas, queriendo que todo reflejara la misma cifra, recurrir a la aritmética como a una especie de cábala combinatoria, de símbolos o huesos que explicaran el por qué de todo esto; era necesario encontrar en las repeticiones de un número algo que negara la casualidad, por ejemplo: no podía ser tan fortuito que veintisiete veces veintisiete fuera palindroma de 927, y que a esa misma hora, ella hiciera «la llamada», y que para entonces, él ya hubiera fumado siete cigarrillos y quedara otro tanto igual en la cajetilla.
No era casualidad que tres veces siete, día de hoy; ni que Horacio y Alfonso, par de sietes, la visitaran en sábado, séptimo día. No era accidente tampoco (ya puestos andar y menos pretéritos) que reforma y béisbol en cantina, mediante cerveza, botanas y propina resultara en una cuenta final de $707, compartida entre camaradas; ni que cada uno pagara $177, evitando las fracciones, y que entonces esa cantidad indicara también la fecha de un martes verde.
No era casualidad que, en ese preciso instante, ensartara palabras en el hilo del collar de sietes con que habría de ahorcarse después: tequila, ventana, cristal, demonio, erótica, celular, mensaje, mentira, hombros, cintura, rayuela, sevilla, palacio, sábanas, violeta, delirio, soledad, desamor, no-te-amo, corazón, infarto, pendejo, cobarde, suicida, bandera, caballo, rosario, amistad, pérdida, ilusión, secreto, botella, pezones, lunares, estatua, romance, retrato, cenizas, caricia, espalda, humedad...
Y qué sudor, cuánto calor hacía, las letras y las figuras deshaciéndose en el collar, y una especie de vapor similar al sueño y al cansancio. Tendría que dejar este juego, evitar esta búsqueda ociosa de trivialidades; coincidencias o no, casualidades o sietes, todo parecía escrito y calculado con humor negro y elegante.

323

«La distancia nos acerca, el abismo es el puente más real entre los dos», pensó él, contrariado y convencido. «Nunca seremos la pareja perfecta, la tarjeta postal, ni el uno para el otro. Entre tú y yo, quizás lazos invisibles, telarañas de palabras, mentiras transparentes; lo mismo que a otros une, a nosotros nos separa. A pesar de esto, desde tu corazón al mío algo misterioso viaja, algo imposible existe, algo trae tu olor hasta mi cama, algo inventa tus piernas entre las sábanas, algo tuyo respira y duerme engañando a las almohadas.»
Encendiendo un cigarrillo con el resto de otro, buscaba en la radio canciones apropiadas para el ambiente de insomnio y humo: …Estás dormida no sientes caricias…, «porque resbalaban de tu piel, caían humilladas de mis manos torpes; además, ya sé que sólo está mi almohada, no me lo digas, no sigas, rudeza innecesaria.» Me enseñaste desde filosofía hasta cómo tocarte, «…pero no me enseñaste a olvidarte, porque eso no se aprende, brujángel guardián, se sobrevive.» Si te gano pierdo libertad, «nadie más libre que yo entonces, pierdo y amo lo que no tengo, estás tú tan distante.» Mariposa traicionera… Abres tus alitas, muslos de colores… «¡Basta! Me van a matar estos cabrones», reclamó, irónico y desesperado. Siguió moviendo el sintonizador, «tal vez en inglés no duela, entiendo menos», dijo, con una sonrisa retorcida, mordiéndose los labios: …If you don’t love, lie to me… And you can’t fight the tears that ain’t coming, or the moment of truth in your lies… And I don’t want to know the price I’m gonna pay for dreaming…
«¡No puede ser! Es demasiado.» Apagó el aparato cruel, e intentó dormir bocabajo, dejando una luz encendida. Le daba miedo soñarla de nuevo, encima de algún amante satisfecho y consumido, como una quimera voraz de grupa luminosa, alas blancas y larga cola. Lo que más le asustaba, es que ella nunca lo escogía como víctima, porque si con otros era mala, con él era piadosa.

Seda roja

La mirada lasciva de los espejos alimentaba su ego, las lámparas del probador parpadeaban nerviosas, con un brillo hambriento y casi ciego, parecido a los ojos de un hombre antes de iniciar el juego. La emocionaba el roce suave y continuo del vestido, ceñido a la perfección en cada parte de su cuerpo. Era tan agradable sentir la seda roja como caricias lentas de un amante conocido y bueno. «Ah, recuerdos, recuerdos, frías evidencias grises que, sin embargo, pueden encender de nuevo el fuego. Brasas de memoria, madera que se prende, son leña las sensaciones, combustibles los sentimientos.»
Anoche, las palabras de Horacio ardían desde lejos, desde otra ciudad, y fue como correr otra vez juntos de la tina a la cama, de las burbujas a las sábanas, del agua a la saliva, repitiendo el choque y frotando su desnudez como pedernales, amándose como chispas sobre hojarasca para levantar una hoguera, hasta obtener esa luz húmeda de gotas blancas y tibias.
—¿Cómo le queda? —preguntó la vendedora, en tono servicial—
—Perfecto —dijo ella, excitada y titubeante— tal vez un poco largo, permítame un momentito más.
Estaba decidida a llevar ese vestido, sólo quería imaginarlo a él, quien esperaba afuera, ansioso por verla. Era tan diferente a Horacio y a los demás, dudaba tanto de él mismo y de lo que podía despertar en ella; si al menos dejara de pensar por un momento, tal vez era porque la conocía tan bien. La conocía pero no la entendía, a veces es tan difícil para un hombre comprender los actos de una mujer, y más aún, de una mujer tan libre como ella.
De seguro la esperaba pensando en el por qué de todo esto. En el por qué de Alfonso, en el por qué de Horacio. En el por qué de aquel desencuentro prolongado hasta la madrugada. Quería hacer algo para atraerlo a este momento único, sin sombras, sin nombres, sin fantasmas. Algo que alertara sus sentidos más básicos, tan paralizados por su frustración y la derrota.
—Ven —invitó ella, desde la entrada del probador—
—Voy —respondió él, con una sonrisa cómplice y satisfecha—
—¿Cómo me veo? —preguntó ella, pasando sus manos desde los hombros hasta la cintura en una caricia suave y disimulada, mientras daba vueltas en un baile provocativo y disimulado. Quería lucirse más, para que él admirara todo lo que podía disfrutar ahí mismo, si fuera posible—. ¿Te gusta?
Él no dijo nada por unos segundos, la recorría de una manera intensa, con los ojos como dedos como llamas, mientras humedecía sus labios, como si la saboreara con la mirada.
—¡Te ves encantadora, fantástica! —dijo él, muy emocionado, algo vivo en la entrepierna lo delataba—. A fuerza de ser más sincero y menos poético, puedo decir que te ves riquísima. El vestido es elegante y soberbio, la seda roja te ajusta como una segunda piel ardiente, te ves tan diabla, tan caliente. Me gustas mucho, me pones a soñar de nuevo, con intenciones maliciosas, ¿quieres que te diga lo que se me antoja hacer contigo ahora, en este preciso instante?
Algo estaba pasando, él nunca le había hablado así, con esa urgencia en la voz, estaba trastornado. Parecía que el vestido había logrado esa chispa que necesitaba, por fin dejaba de dudar, de pensar y comenzaba a disfrutar el momento.
—Sí, cuéntamelo todo —dijo ella emocionada, acercando su cuello a la boca de él, para provocarlo más y para que le hablara en secreto—
—Quiero ayudar a que te pruebes mejor el vestido —susurró él—. Quiero entrar contigo al probador, a ese cuadrilátero de espejos. Quiero recargarte frente a uno, mientras me pongo detrás de ti y me inclino a medir el largo exacto que necesitas. Con ese pretexto voy a ensayar caricias vagabundas desde los tobillos, subiendo discreto y separando la fuerza tibia de tus muslos cremosos con mi aliento; en algún momento el clima entre tus piernas me va a indicar lo que yo también deseo. Entonces, voy a bajar de nuevo, pero con tus bragas y tu olor marino entre mis dedos. Permanecerás en silencio, mientras oyes como cae mi pantalón al suelo. Te prepararás para recibirme, y yo acomodaré tu vestido para no maltratarlo mientras te penetro suave, muy suave y muy lento…
—¡Para, para! —interrumpió ella, agitada— aquí no, así no, si lo dices no se cumple, debes saberlo.
—Como cuando atrapas una pestaña entre el índice y el pulgar —dijo él—, pasa lo mismo con las estrellas fugaces, aunque es menos frecuente.
—Supongo que sí van a llevar este vestido —dijo la vendedora, sorprendiéndolos, no sabían que seguía ahí, que no se había retirado—. Además de la promoción de meses sin intereses les voy a incluir un descuento adicional, para compensarles. Hacía tiempo que no me emocionaba de esta manera, desde que me cortaron el cable ya no puedo ver ese programa, no me acuerdo del nombre, no me lo pregunten. Era de ciencia ficción o de erotismo, algo así, tan divertido como improbable.
Salieron de la tienda, divertidos por lo ocurrido. Ella estaba feliz, con la seda roja por un brazo, y por el otro, la mano de él. Afuera ya era de noche y las luces de esta ciudad gigante brillaban en pleno apogeo. Esperaron un autobús, por economía y romanticismo. No dejaban de mirarse, sus pupilas eran ahora los espejos. Palpitaban mariposas en sus pechos, apenas oían caer la lluvia sobre los cristales, su respiración agitada era un gemido sensual e inquieto. Algo les decía que esa noche, por fin pasarían de las palabras a los hechos.

Peor para el sol

Cómo evitar esas imágenes en su cabeza, cómo no verla con Alfonso, haciendo el amor, o cogiendo, dirían ellos dos, con más confianza. Cómo no pensar que Alfonso ya la había penetrado, que ya había estado dentro de ella como nunca iba a hacerlo él. Cómo aceptar que el sexo tiende puentes más sólidos y menos complicados que el amor, que el camino más fácil y corto hacia ella eran sus caderas y no su corazón.
Mientras la canción avanzaba, seguía viéndola, moviéndose como una experta para aumentar su propio placer y el de Alfonso. Ella, dueña de la situación, fingiendo y actuando de manera sensual, superando las expectativas desde el primer encuentro. Ella, desempeñando el papel de ángel fogoso, con labios y dientes y lengua y garganta ocupadas por el miembro cíclope y expectante de su amante recién estrenado, sometido oralmente, sorprendido por el ardor de esta mujer. Ella, en pleno control, decidiendo cómo utilizar su tiempo, su casa (en mi casa no hay nada prohibido), su cuerpo, su libido, sus ganas de venganza (no me acuerdo si tengo marido). Ella, repitiendo el episodio y disfrutándolo de nuevo (volví al bar a la noche siguiente), adicta al peligro, a la emoción, a la adrenalina. Ella, nunca tan imposible como ahora, incapaz del amor o el deseo hacia él, incapaz de hacerle daño a quien consideraba como un animalito indefenso que en verdad la amaba, hay caprichos de amor que una dama no debe tener.
¿Le servía de algo conocer estos detalles mecánicos y ominosos, obtenidos de una manera arbitraria y sucia? ¿Para qué buscaba “la verdad” si no podía entenderla, o cuando menos, aceptarla deportivamente? Peor para quien persigue en humo aquello que sólo crece en las nubes. Peor para el que se pone amarillo de celos y luminoso de envidia. Peor para el sol